Fisioterapia

Treinta años comprometido con la fisioterapia

Llegando a su final el mes de agosto y viendo asomar el próximo curso escolar en el horizonte me ha llegado repentinamente un nítido recuerdo de aquel mes de septiembre de hace 30 años.

Recuerdo como aquellos días me comprometí fielmente con la Fisioterapia: firmemente decidido a sacar adelante un buen COU, actual 2º de bachiller, y trabajar duro para lograr una nota alta en la Selectividad (la EBAU de estos tiempos) que me permitiera acceder a la Diplomatura de Fisioterapia. Aquella decisión me llevó a tres años de noviazgo universitario y 26 de saludable matrimonio profesional.

El año siguiente comencé la carrera en la Universidad de Oviedo, entrando en un nuevo escenario que hoy daríamos por netamente mejorable. La formación teórica no era impartida por fisioterapeutas, estudiábamos asignaturas tan desacertadas como “Fisioterapia de la subnormalidad” (sic), nuestro plan de prácticas era improvisado y caótico, etc.  Eso sí, disfrutábamos de los excelentes laboratorios y profesores de asignaturas médicas de la Facultad de Medicina, con la envidiable sala de disección del departamento de Anatomía como fuente de conocimiento y base imprescindible de nuestra profesión. Muchas de las prácticas quirúrgicas, fisioterápicas y ortopédicas de aquellos años ahora se nos antojan erróneas u obsoletas: cirugías de Ligamento Cruzado Anterior que precisaban de un año de dolorosa recuperación, diagnósticos fantasmagóricos como la tendinitis escapulo-humeral, esguinces inmovilizados durante semanas, cinesiterapia pasiva en las hemiplejias y eso de la fisioterapia basada en la evidencia como utopía lejana.

Pero no pretendo escribir sobre mis recuerdos o acerca de lo que ha cambiado nuestra fisioterapia, que lo ha hecho mucho y a mejor, sino a la percepción que la sociedad tiene de ella. Y me refiero a este asunto por esa frase que el otro día escuché al vuelo en una terraza en la que dos aficionados al ciclismo conversaban: “Mi fisio me ha dicho…». Aquellas palabras me sorprendieron por la naturalidad con la que fueron pronunciadas «Mi fisio…». Con una claridad apabullante me percaté de esa reciente realidad que yo también había normalizado sin saberlo: los deportistas populares, es más, la gente en general; tiene un fisioterapeuta, su propio fisioterapeuta. Y en ese instante me di cuenta de todo lo que el colectivo de fisioterapeutas habíamos logrado tras muchos años de trabajo.

En aquellos años 90 la rehabilitación estaba disponible en hospitales y centros de salud del ámbito público, y solo en alguna clínica privada en las ciudades. Tratamientos reservados para los accidentes de tráfico más graves, en las Mutuas de trabajo que comenzaban a tener en su plantilla a fisioterapeutas, en los clubes deportivos de élite, también para problemas reumáticos o neurológicos. Ni rastro de la fisioterapia para todos, nada de clínicas en cada barrio, ningún fisioterapeuta de referencia en casa.

Fue en aquellos tiempos cuando el fisioterapeuta comenzó a demostrar que su trabajo podía ayudar también en otras lesiones menos graves, acelerar procesos de recuperación, evitar cirugías, dar opciones terapéuticas, …. Y de esa manera se comenzó a perfilar en el saber popular la imagen de esa desconocida figura de personal sanitario que mediante técnicas manuales y con medios físicos, ayudaba y aliviaba. El trabajo y los resultados lograron desplazar a curanderos, quiroprácticos, componedores y charlatanes que, aún todavía en aquellas fechas, se mostraban a los ojos del gran público como una opción de tratamiento válida para sus males.

No solo eso, sino que la formación postgrado y la especialización en fisioterapia logró abrir nuevos campos de trabajo más allá de la fisioterapia traumatológica, neurológica, deportiva, infantil u osteopática. Consiguiendo normalizar en la población el trabajo de fisioterapeutas en rehabilitación cardiaca, unidades de críticos, neonatología, tratamiento pre y postparto, alteraciones de suelo pélvico, patología respiratoria, ejercicio terapéutico, gerontología, tratamientos invasivos, …… Nuevos enfoques múltiples que agrupan rehabilitación y readaptación, deporte y salud, mente y cuerpo, …

Y en estos últimos 15 años hemos vivido un crecimiento exponencial del ejercicio de la fisioterapia en el ámbito privado, con la proliferación de clínicas en todos los lugares. Crecimiento que atiende a la demanda planteada por los pacientes. Hoy por hoy es normal acudir al fisioterapeuta para el tratamiento de una lesión deportiva, un dolor musculoesquelético, un traumatismo, una contractura muscular, una alteración biomecánica, … es normal tener un fisioterapeuta de referencia al que acudir ante cualquier patología y esa democratización de la fisioterapia se ha alcanzado gracias a un colectivo responsable de su formación y actualización, de un profesional honesto y eficaz, un sanitario cercano y empático. Estando en este punto no debemos perder de vista el camino recorrido, ni nuestro rol profesional, debemos evitar ser arrastrados fuera de nuestras competencias. Las listas de espera inaceptables del servicio público de salud, la implantación desacertada de la consulta telefónica, y ,en general, la situación pandémica que ha deteriorado nuestro sistema sanitario; ha empujado a nuestros pacientes a un uso indiscriminado del fisioterapeuta en el ámbito privado como sanitario de referencia para un amplio abanico de problemas de salud. Demandando diagnósticos, atenciones de urgencia, tratamientos y actuaciones terapéuticas puenteando la consulta del médico especialista que parece no llegar nunca, la atención médica presencial necesaria para un buen tratamiento; solicitando soluciones y actuaciones eficaces sin pruebas diagnósticas ni juicios médicos previos.

Todo ello me lleva a reflexionar sobre nuestro futuro, a enumerar los nuevos retos que nos quedan por delante. Buscar la máxima eficacia y eficiencia en nuestros tratamientos, priorizar el trabajo preventivo frente al paliativo, lograr la implantación inexcusable de la evidencia científica en nuestras técnicas, caminar hacia la educación y empoderamiento de nuestros pacientes como responsables de su salud, hacia el trabajo transversal dentro de equipos multidisciplinares globales que tenga la recuperación del paciente como objetivo final, saltando barreras y trabas burocráticas entre el sector público y privado, entre la actuación primaria y especializada. Debemos adaptarnos a las características cambiantes de la población de nuestro tiempo, cuidando la salud en el contexto actual del aumento imparable de la longevidad, la inminente extensión de la vida laboral, la obesidad y el sedentarismo como problemática enquistada de nuestra sociedad, el dolor crónico como incipiente problema endémico, ….

Un camino que debe ser marcado por las enérgicas nuevas generaciones mano a mano con los veteranos que vimos crecer esta profesión desde sus primeros pasos hasta la madurez saludable que hoy orgullosa exhibe.

P.D. Con esta experiencia previa me muestro optimista ante otro futuro, confiando plenamente en llegar a ver también la normalización e implantación de la Psicología Deportiva en el mundo del deporte.

Sorprendentemente me encuentro de nuevo inmerso en una pujante lucha por demostrar las aportaciones que la Psicología deportiva puede realizar al deporte de todos los niveles. Nuevamente será con nuestro trabajo cotidiano y sus resultados con lo que lo lograremos.